Por un pacense cualquiera

Dice el señor alcalde que somos modernos del copón; un espejo donde mirarse, una ciudad vanguardista ‘en clave de futuro’, fashion que te rilas. Jugamos la “Champions League” de los municipios españoles —envidia de la mala—, superávit con servicios de elevada calidad, alto standing, mahou cinco estrellas. Y sin pagar impuestos. A saber qué se fumó aquella mañana.

Es fácil divagar así, delirar bajo el sol abrasador de la soberbia, del ego insufrible, de la autocomplacencia, cuando quienes te rodean son los palmeros que aspiran a cobijarse bajo la sombra que uno proyecta, los buitres que, pacientes, aguardan a la carroña; los acólitos de la fe, siempre dispuestos a creer en la divinidad y los milagros de un pantocrátor de madera carcomida.

Aquello debió ser un baño de aguas tibias y perfumadas, bálsamo para el alma, néctar y ambrosía. Unos queriendo comprar y otros volcados en vender. El negocio estaba hecho. De haber estado allí, cualquiera juraría que se hablaba de Estocolmo, Hamburgo, Viena, o Pontevedra. Vaya usted a saber. Pero no, tocaba contar mentiras de Badajoz, trialará, ahora que desde Madrid no nos oyen en la tierra.

Badajoz, sí, la misma ciudad marginal por la que fueron a llorar a Europa, para mendigarle algunos cuartos con los que hacer patria chica. Mísera en Bruselas, por si hay DUSI, y vanguardista en las diatribas de café, copa y puro, allende los madriles. Quién dijo miedo.

Tiene guasa la cosa. Guasa de nosotros, de los de aquí, los que malvivimos entre ruinas, droga, prostitución, ruidos y miseria; los marginales de las aceras rotas y las calzadas parcheadas de alquitrán, los de los narcopisos, las carreteras de tierra, las casas de la riada, los parques olvidados donde se electrocutan niños, los solares en llamas, los ignorados de la policía de jueves a domingo, los mendicantes de la bombilla, la poda y la papelera. Los del vídeo y la foto que tanto detestan los disidentes que jamás disienten, porque no pueden desdecir a la verdad capturada frente al objetivo.
Se nos mean encima, con sus corbatas de buena tela y sus sonrisas lobunas. La palmadita en el hombro, la promesa incumplida, la verborrea barata, la estrategia electoral —siempre inhumana y repugnante—, los contadores de ‘likes’, los brindis al sol, planos sobre la mesa, proyectos de futuro, fotos de horizontes desolados, inabarcables, y primeras piedras. Mentirosos compulsivos de traje de Armani y casco de obra a los que no les importa decir la perogrullada más flagrante, porque creen que no hay nadie al otro lado.

A eso fue a Madrid nuestro señor alcalde. A darse un baño de masas refritas. Una terapia de choque para paliar los dañinos efectos de la que le está cayendo en su casa, donde las aceras y los parques dan testimonio de su nefasta gestión. Necesitaba sales y pétalos, mimos y caricias, lodo del Mar Muerto y agua del Jordán. Lametazos en los huevos.

He ahí el alcalde que vivió a la sombra de Celdrán para después poder vivir de sus rentas rascándose la barriga, dilapidando una mayoría absoluta insultante tras convertir a la ciudad en un campo de ruinas, vergüenzas y mentiras. Eso sí, vanguardista que te mueres (de la risa). Moderna a más no poder.